Nacimiento de mi hija

Autora: Blanca García
Fuente: Crianza En Flor

La historia de mi parto sólo la puedo escribir dirigiéndola a mi hija, como una forma de venerar y respetar su nacimiento. La “historia de mi parto” es ante todo la “historia de su nacimiento”.

Todo comenzó el 4 de septiembre a las 5:00 de la mañana con contracciones suaves que duraban como 1 minuto y venían cada 20 minutos aprox., eran muy similares a la molestia de cuando me va a llegar la menstruación. En la oscuridad las observé silenciosa, cuando amaneció desperté a tu papá y le conté, me masajeó la espalda, me puso un guatero, me abrazó y me instó a continuar durmiendo. Así lo hicimos. A las 9:00 hrs. todo seguía igual… me sentía emocionada. Cerca de las 10:00 hrs. boté el tapón mucoso, más emocionada aún lo compartí con tu papá y juntos, nos pusimos felices porque el trabajo de parto se iniciaba y pronto llegarías. Llamamos a la Maca, nuestra doula, y a la Pascal, nuestra matrona. ¡Estábamos felices!. Sin embargo, alrededor de las 13:00 hrs. las contracciones desaparecieron por completo, me sentí decepcionada y tu papá dijo “Falsa alarma”, fuimos a la feria a comprar jengibre para hacer una agüita que estimulara las contracciones, caminamos un rato cerca de nuestra casa mientras comíamos mandarinas, almorzamos y pasó la tarde sin novedades. Me sentía frustrada y decepcionada, ya me había hecho la idea de que tu llegada se iniciaba y que mi espera por fin se acababa.

Alrededor de las 17:00 hrs. las contracciones aparecieron otra vez, similares a las anteriores, aunque más un poco más fuertes, y continuaron sin cesar toda la noche. Como a las 2:00 de la mañana no resistí más estar acostada intentando dormir, necesitaba hacer algo más que sólo esperar cada contracción, me levanté, fui al que será tu dormitorio, me senté sobre la pelota de ejercicios y comencé a esperar, recibir y asimilar cada contracción como un regalo, aprendí a conocerlas, a integrarlas en mi cuerpo-mente-espíritu e incluso descubrí que vocalizar la “a” de “abre” para exhalar me ayudaba a centrarme en el proceso y a visualizar como mi cuerpo se abría para recibirte. Me sentía ilusionada, entusiasta y empoderada de todo lo que me estaba ocurriendo. Era todo un descubrimiento esto de las contracciones constantes y repetitivas.

Cuando ya casi amanecía, deben haber sido como las 6:00 de la mañana, desperté a tu papá y le dije que toda la noche las contracciones habían seguido igual. No recuerdo si él, o yo, llamó a la Maca. Al poco rato ella llegó… radiante, con un ramo de flores en la mano y una cartera llena de esencias florales y aceites para masajes, abrió las cortinas para que entrara la luz y preparó agüita de jengibre. Así, la Maca empezó a apoyarme y a enseñarme a integrar las contracciones, me mostró lo maravilloso que podía ser un baño de tina para llevar el dolor-placer, me enseñó que en mi mente reemplazara la palabra “contracción” por la de “expansión”, me hizo masajes en las manos con aceite de lavanda y puso en el difusor ramas de lavanda y de romero. Ella era un torbellino de agradables atenciones que me hicieron sentir apoyada y a tu papá más seguro de todo lo que se estaba iniciando, además de ser nuestra conexión constante con la Pascal, nuestra matrona. Con su presencia sentí que ahora ya no había punto de retorno y que el trabajo de parto se iniciaba para culminar con tu nacimiento, esto me hizo sentir sentimientos encontrados que se movían entre el miedo y la euforia.

Transcurrió la mañana con contracciones regulares y amigables, rodeada de las atenciones de tu papá y el apoyo de la Maca. En un momento en que estaba en la tina acompañada de tu papá que se sentaba al lado para tomarme la mano y echarme agüita tibia en la guata, ella me dio a tomar Rescue Remedy en un vaso de agua y a la hora después aprox. sentí una sensación de conexión con el día a día muy particular, me dieron ganas de comer, así que desayuné mientras las contracciones seguían regulares. Luego, la Maca nos dejó solos en el dormitorio para que nos hiciéramos cariño y estimuláramos más contracciones. Al rato, yo sólo quería dormir, era otro síntoma de esa especial conexión que sentía con el día a día, así que nos acostamos y nos dormimos por más de media hora, lo que para mí fue un regalo porque hace muchas horas que no lo hacía. Al despertar, todo siguió igual, todo constante, regular y dolor amigable, me sentía regaloneada, especial y con energía para seguir avanzando. Cerca de las 13:00 hrs. tu papá preparó almuerzo, comimos y… las contracciones volvieron a desaparecer. La Maca habló con la Pascal nuevamente, le contó la desaparición de las contracciones y, en conjunto, todos decidimos que era mejor que ella se fuera a su casa y que nosotros la llamaríamos cuando las contracciones volvieran. En mi mente pensaba que ojalá volvieran pronto, que me gustaría que no se hubiesen ido y mis emociones fluctuaban entre el alivio de descansar de las contracciones y el temor de que no volvieran.

La Pascal, a través de la Maca, nos había recomendado que saliéramos a caminar, pero nosotros decidimos aprovechar la falta de contracciones para dormir siesta. A las 16:30 aprox. me despertaron de la siesta las contracciones que volvían en gloria y majestad, desperté a tu papá y comenzamos a llevar las contracciones juntos. Como a las 19:30 hrs. llamamos a la Maca. Cuando llegó, me sentía muy vulnerable, sentía frío y estaba arropada junto a nuestra cama, ella me sacó de ahí, me movilizó y me hizo sentir empoderada de nuevo.

Avanzaron las horas entre baños de tina, masajes en las manos, en los tobillos, vocalizaciones “a” más fuertes, cambios de posiciones constantes y paseos que apoyaban las contracciones con su dolor y su seguido placer, sintiéndome conectada con cada hembra mamífera que había parido a su hijo y con toda la energía que tu cuerpo emanaba en mí. Fueron horas de mucho trabajo y concentración y, por qué no decirlo, de placer y disfrute. Incluso hubo un tiempo en que, sentada sobre un piso en la oscuridad, me sentí transportada a otro espacio, en donde la realidad no existía y sólo estaban las agradables olas de contracciones con su constante ir y venir. Creo que como a las 24:00 hrs. la Maca llamó a la Pascal por la constancia y la intensidad de las contracciones, y entonces entre todos, decidimos partir a la clínica.

Tu papá tomó todo lo que íbamos a llevar: maleta, mochila, cojines, chal y no sé cuanto más. Y yo tomé mi humanidad, que se movía con dificultad por las contracciones, llena de expectación, ilusión e interrogantes. La Maca nos llevó en su auto, así que tu papá y yo nos subimos atrás, en donde me senté sin problemas y continué llevando las contracciones en el camino. Él iba silencioso, con su seño concentrado, imagino que había miedo e ilusión en su interior.

En la clínica nos esperaba la Pascal en el estacionamiento, me preguntó cómo me sentía y me ayudó a avanzar. Tu papá y la Maca bajaron todo el arsenal de cosas que llevábamos. Nos esperaba con la SAIP (sala de atención integrada del parto) lista, me hizo tacto y ¡plop! El cuello del útero no estaba borrado y no tenía dilatación. ¡Qué decepción sentí!, tanto trabajo y nada concreto aún ocurría. Luego, me hizo monitoreo a las contracciones y a tus latidos, todo avanzaba normal. En ese transcurso las contracciones se espaciaron y disminuyeron su intensidad, era como si todo mi cuerpo-mente-espíritu se hubiese cohibido frente a la concreción de la llegada a la clínica. Más tarde la Maca me diría que ella creía que yo estaba más dilatada y que me había cerrado con la acción del traslado y llegada a la clínica y, yo también creía lo mismo. Ahora tengo la certeza de que me asusté y me cerré. La Pascal me preguntó que quería hacer y por supuesto, sin pensarlo, dije que quería irme y continuar el trabajo de parto en la casa, sentía la profunda sensación de salir huyendo de ese lugar. Me recetó analgésicos en supositorios y en gotas para que pudiese descansar algo y reunir energías para continuar, nos acompañó a la salida y nos sacó unas fotos que retrataban nuestra fallida visita a la clínica: yo parada casi sonriente (me sentía muy frustrada) con tu papá y la Maca a mi lado cargados con todo nuestro equipaje (igual de frustrados). Nos íbamos con la consigna “Descansar lo que quedaba de noche, caminar al otro día y volver cuando estuviera mucho más urgida-complicada por las contracciones”.

La Maca nos dejó en el depto. y se fue. Tu papá me dio los analgésicos y nos acostamos. Vomité de cansancio, me volvió a dar los analgésicos y nos volvimos a acostar, eran cerca de las 3:00 de la mañana.

Las contracciones no cesaron con los analgésicos, no pude dormir, y continuaron toda la mañana hasta (…adivina?) alrededor de las 13:00 hrs. A estas alturas, ya no sabía que pensar, sentir o hacer frente al trabajo de parto, y tomé una actitud escéptica. Como a las 16:00 hrs. salimos a caminar con tu papá, él me instó a caminar para estimular las contracciones hasta donde no hubiese imaginado llegar caminando con las dificultades con que lo hacía con mi guata y, a poco andar, las contracciones volvieron y pedí con fuerza que ahora no pararan hasta que nacieras. Él me acompañó a integrarlas, me sostuvo y me estimuló a seguir, volvimos a la casa cerca de las 18:00 hrs. con contracciones sostenidas y constantes cada 10 minutos, las cosas se ponían más serias, eran más intensas. Decidimos no llamar a la Maca hasta que considerara que las contracciones eran muy fuertes y que pondríamos en práctica entre los dos todo lo que ella nos había enseñado en los días anteriores para integrarlas y potenciar la dilatación. Fue de esta forma que llegué a meterme a la tina (mi lugar favorito para llevar el trabajo de parto), luego cambiábamos continuamente de posición, tomaba abundante líquido, trataba de comer y respirábamos juntos en cada contracción.

Tu papá me acompañó activamente, anotaba cada contracción en un papel e iba poniendo en práctica diferentes formas para integrar las contracciones. Él me preguntaba una y otra vez “¿Son más fuertes que las de anoche?” y yo contestaba que “No”, aunque en realidad no estaba muy segura, sólo quería con todo mi ser que las contracciones siguieran, que no pararan hasta que nacieras y quería que nacieras pronto, ya no más espera, ni intervalos. Hubo dos momentos en que tuve mucho miedo, en uno tomé Dog Rose y, en el otro, tu papá me llenó de valor llamándome la atención enérgicamente.

En un momento, fruto de una sugerencia de la Maca, te invitamos a venir. Tu papá puso una mano sobre mi guata, la otra sobre mi corazón y te dijo: “Hija, Gabriela, te estamos esperando, tenemos todo listo para recibirte, ven pronto aquí estamos listos para ti”. Y yo, colocando mis manos sobre las de él, te dije: “Gabriela, ya no esperes más para venir, ya nada cambiará si lo haces hoy, mañana o pasado, sé fuerte y ven, te estamos esperando”.

Y como a las 2:00 de la mañana todo se hizo más intenso, mi movilidad disminuía y necesitaba saber si me estaba dilatando o seguía igual que ayer, la incertidumbre estaba interfiriendo con la integración de cada contracción. Entonces, llamamos a la Pascal y luego a la Maca, que llegó a los pocos minutos y nos fuimos a la clínica. Esta vez no me pude sentar, el dolor de la cola me lo impidió. En el camino me acompañaron los ciruelos florecidos, las contracciones-expansiones, el silencio de tu papá a mi lado y la Maca entonando una canción infantil.

Al llegar a la clínica no bajamos nada del equipaje, esta vez la Pascal no nos esperaba. Me hizo tacto la matrona de turno y tenía 4 de dilatación. El arduo trabajo daba resultados. Le pidieron a tu papá que fuera a hacer mi ingreso y la Maca me acompañó mientras tanto. Al regresar tu papá, nos ubicaron en una habitación que no me agradaba para continuar el trabajo de parto. Estaba tratando de hacerme la idea y buscarle el ajuste a ese espacio cuando entró la Pascal y nos indicó que fuéramos a la SAIP, lo que me alivió y quitó una tremenda preocupación de encima. Eran como las 3:00 de la mañana.

Seguí el trabajo de parto en la SAIP con la certeza de que no saldría de ahí hasta que nacieras y que estaría acompañada de tu papá, la Maca y la Pascal. Continuamos muy similar a lo que estábamos haciendo en la casa por varias horas que me resultaron extenuantes e intensas, sin embargo mi ánimo y mi perseverancia no se veían alteradas por el cansancio. Mis tres acompañantes me daban todo tipo de atenciones: masajes, música, luz baja, agua e, incluso, helado de piña que la Pascal consiguió y me lo dio en la boca en cada intervalo entre contracciones. Alrededor de las 6:30 de la mañana la Pascal me hizo tacto para ver mi dilatación. Y sólo había avanzado a 4½, es decir en 3 horas y media sólo había avanzado en ½ cm. Me pregunté “¿Por qué esto es tan lento?” y decidí continuar perseverando para que nacieras aunque me sintiera muy cansada. No recuerdo cuanto tiempo pasó de esto último, sólo tengo claridad de que la Pascal me estaba enseñando un ejercicio nuevo para potenciar la dilatación cuando sentí que las piernas se desvanecían, que mi cuerpo me abandonaba y que me tiraban a la cama. Me fatigué. La Pascal me tomó la presión y me dijo “Blanca, piensa en la opción de un poquito de anestesia que te baje un poco la intensidad de las contracciones para que puedas descansar y continuar” y seguido me preguntó “¿Qué quieres hacer?”, en ese momento yo sólo quería descansar un poco. Recuerdo que miré a tu papá que estaba junto a mí observándome con sus ojos muy abiertos y me dijo “Amor, tú decides”. No era fácil decidir en esas condiciones, sintiéndome tan cansada y con las contracciones sin cesar. Sólo volvía a pensar que quería descansar. Hice un esfuerzo de lucidez entre las fuertes contracciones y la sensación de fatiga para pensar los pros, los contras y decidir. Así volví a mirar a tu papá y le dije “Roberto, quiero un poco de anestesia”, luego le dije lo mismo a la Pascal asegurándole que quería solo lo suficiente para descansar un poco y poder seguir después. Entonces, ella salió a buscar al anestesista. En ese instante busqué la mirada de la Maca y no recuerdo cómo le pregunté, pero buscaba de alguna forma su aprobación frente a la decisión que había tomado, ella dijo algo que tampoco recuerdo y que me dejó tranquila en ese momento. Luego, volví a mirar a tu papá y le dije “Perdón” porque de alguna forma sentía que le fallaba al pedir anestesia, él me miró a los ojos, me tomó las manos (yo seguía acostada en la cama), sus ojos estaban llenos de lágrimas y me dijo “Amor, todo está bien, has hecho un gran trabajo hasta ahora, necesitas descansar y luego seguirás”. Fue un momento tremendamente difícil para mí.

El anestesista me puso la epidural, sentí un hormigueo instantáneo en mis caderas y mis piernas que disminuía la sensación de las contracciones, aunque no las hizo desaparecer en su totalidad. Pero era lo suficiente para cerrar los ojos y dormitar por un par de horas.

Cerca de las 8:30 hrs. la Pascal me hizo otro tacto para examinar la dilatación, que había avanzado a 8 cm. ¡Qué feliz me sentí!. Rompió las membranas, corrieron las aguas y me instó a levantarme para seguir con los ejercicios. Mis piernas aun estaban con sensación de hormigueo, así que partimos con ejercicios sentada en la pelota y luego, cuando ya estaba todo normal seguimos con caminatas y otras posiciones. Estaba tan entusiasmada con tu pronta llegada. El sol se filtraba con ganas a través de las persianas.

José Luis, nuestro gineco-obstetra, llegó como a las 10:00 hrs. (o tal vez antes y no me di cuenta) y la Pascal volvió a hacerme tacto para examinar mi dilatación. ¡Ahora ya eran 9 cm.!. Fue entonces cuando ella le dijo a tu papá “Tú hija ya viene, falta nada, casi la tenemos aquí” y él se quedó perplejo, su cara cambió y empezó a llorar. Yo le preguntaba “Roberto ¿qué te pasa?”, él me respondía “No sé, no sé”, y estoy segura que no sabía que le pasaba. Luego, me dijo que sintió que ahora sí que era el momento, que la certeza que ya nacerías lo desbordó. Asertivamente, la Maca le dio Rescue Remedy, le pedí que le diera a chorros, lo necesitaba centrado en el proceso, lo necesitaba equilibrado.

Los minutos avanzaron, cuando integraba las contracciones comencé a sentir que me haría caca, sentía muchas ganas de ir al baño, tu papá me acompañó y en esa extraña privacidad las contracciones se hicieron mucho más potentes y la tensión en la zona de mi vagina y de mi ano era incalculable. Hacía frío allí. Salimos del baño, integré otro par de contracciones, o tal vez más, con apoyo de la Pascal y de la Maca que me instaban a continuar caminando, cuando otra vez sentí que mi cuerpo me abandonaba, mis piernas fallaban, la voz del José Luis diciendo “Tírala a la cama”. Me dio fatiga otra vez. Me tomaron la presión, hicieron monitoreo a las contracciones y a tus latidos, que seguían normales. Y la Pascal me dijo muy seria “Podemos colocar otra vez un poquito de anestesia si te sientes muy cansada, ahora necesitas fuerza para pujar a la Gabriela, basta con un poco, no te dormirá las piernas, ni dejarás de sentir las contracciones”. Me sentía con tan pocas fuerzas que estuve segura de que era lo mejor. Y, así, vino otro anestesista. Inmediatamente después, la Pascal me hizo tacto de nuevo y esta vez dijo algo que no olvidaré nunca “Blanca, está aquí, pásame tu mano y tócale el pelo”, estiré mi mano, la llevé entre mis piernas y toqué tu pelo viscoso. La dilatación estaba en 10 cm.

De este instante en adelante tengo la sensación de que todo pasó muy rápido. La Pascal me enseñó a integrar la energía de la contracción para pujar con la exhalación de mi respiración. En movimientos que me parecieron muy rápidos, transformaron los pies de la cama en algo parecido a un trono, en el que me senté, y cruzaron un fierro sobre mi cabeza, en el que me tomé con mis manos. Me sentía eufórica, el momento de que nacieras había llegado. Con orientación directa de la Pascal comencé a respirar y a pujarte sumida en un estado especial de concentración. Pujé varias veces y percibí que algo extraño pasaba, miré a la Pascal y al José Luis y sus rostros confirmaban lo que sentía. Él le hizo una seña indicándole el monitor sin decir nada, tu papá me diría después del parto que tus latidos habían bajado bruscamente. La Pascal me dijo que tendría que ayudarme por fuera a empujarte porque no estabas avanzando, me cruzó una sábana a la altura de mi diafragma, ubicó tu potito a través de mi piel y, al mismo tiempo que yo pujaba, te empujó con fuerza con la sábana enrollada en mi cuerpo. Hizo esto un par de veces, hasta que José Luis luego de intercambiar otras miradas me dijo con una profunda seriedad “Blanquita, vamos a tener que hacer algo que también ocupé con mi hijo, ayudaremos a bajarla con fórceps porque no está avanzando” y al mirarlo a los ojos mientras me hablaba supe inmediatamente que era completamente justificado y que era un procedimiento que haría en el más completo respeto hacia nosotras. Y vino el ingreso en mi cuerpo del fórceps, sin traumas ni sensación de invasión, que te ayudó a bajar unos centímetros. Luego, sin fórceps, vino el momento culmine de tu llegada. Recuerdo que pujé dos veces con fuerza y apareció tu cabeza, la podía ver asomándose entre mis piernas bajo mi abultada guata. Me tomé con fuerza del fierro sobre mi cabeza, pujé otra vez y ahí aparecía tu cuello. Otro pujo más y pude ver tus hombros. Y vino un último pujo con fuerza, amor, entusiasmo, y salió tu cuerpo entero de color morado oscuro, lo veía como en estado disociado, me parecía estar viendo una película, era tan surrealista verte salir de mí. Eran las 11:00 hrs. del 7 de septiembre cuando naciste a las 40 + 3 semanas de gestación. El José Luis te recibió, te levantó ante mis ojos y me sacó de mi estado disociado diciendo “Tómala es tu guagua”. Te miré tus grandes ojos abiertos y te tomé con mis manos temblando y todo mi ser llorando felicidad, me echaron hacia atrás para recostarme y te acomodé desde mi guata a mi pecho. Recuerdo que te decía “Tranquila, tranquila, ya estás aquí”, te sequé la cabeza con un paño que me pasaron y nos arroparon con sábanas y mantas. Tú, con los ojos abiertos de par en par, te acomodaste en mi pecho y me miraste con mucha profundidad, parecías reconociéndome como a una antigua conocida. Mientras tanto veía a tu papá llorando que te revisaba las manos y los pies. Unos minutos antes él había cortado el cordón umbilical y el José Luis le había dicho “Ahora es tuya”. Más tarde sabría que estaba con hemorragia. Pasaron los minutos, comenzaste a buscar mi pezón con ímpetu y con tus grandes ojos que nunca se cerraban, parecías impaciente, así que te decía “Tranquila, paciencia, paciencia”. Y a los 40 minutos de estar en mi pecho encontraste el pezón y te pegaste a mamar como si siempre hubieses sabido cómo hacerlo, sin dejar de mirarme de vez en cuando. Nadie te tocó, ni te apartó de mí en 1 hora. A las 12:00 hrs. el neonatólogo te midió y te pesó a unos metros de nosotros y luego te devolvió a mi pecho, de donde no saliste hasta muchas horas después.

Doy gracias a tú papá por ser un maravilloso compañero en este proceso que resultó tan largo y extenuante, a la Macarena por su gratuita entrega de su vocación profunda de doula, a la Pascal por hacer de su profesión un medio para trabajar por los partos respetados, al José Luis por su calma y forma de integrarse y, por supuesto, a ti por elegirme como madre y enseñarme a través de tu nacimiento que la vida no es como uno la planifica, sino que como uno se adapta a sus vaivenes.

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