Nacimiento de mi hijo

Autora: Blanca García
Fuente: Crianza En Flor

Hijo, cumpliste 2 meses y siento que es tiempo de poner en palabras tu nacimiento. Todas estas semanas la experiencia ha habitado en un espacio sutil, en mis sensaciones, mis emociones, en mi piel. Y siento que ya es hora de relatar en palabras lo vivido.

El 24 de agosto a las 6 de la mañana me despertó una contracción especial, le seguí su movimiento en mi útero, como se trasladaba, explotaba en el centro y luego se expandía hacía abajo. Supe enseguida que ese sería nuestro último día reunidos en mi cuerpo y que esa noche nos separaríamos. Alegría, amor, tranquilidad, sonrisas silenciosas, nuestra cercana cita nocturna por ahora sería un secreto entre tú y yo.

Las contracciones se asomaron espaciadas durante toda la mañana. Tu papá también supo que esa noche nacerías, quizás se lo dijo mi mirada, mis silencios, mi piel. Me dio de almuerzo ceviche -“Para que estés poderosa”- me dijo sonriendo y sacándome una carcajada. Y salió con tu hermana a la casa de mis papás/tus abuelos –“Volveremos como a las 7 de la tarde para que estés tranquila, intenta dormir una siesta”- dijo al salir transmitiéndome confianza y amor.

Esa tarde, las contracciones se siguieron asomando rítmicas y tímidas, sólo un suave vaivén. Me sentí ansiosa, impaciente, dudé ¿Y si no nace aún?. Limpié la cocina, inflé un poco más el balón kinésico, puse una colchoneta bajo la alfombra, prendí calefactores, puse tu ropita en una canasta sobre el mueble, me comí una fuente enorme de kiwis con naranjas y devoré una barra entera de chocolate. Me acosté a descansar y a pintar mandalas. La tranquilidad y la confianza retornaron.

Ya estaba oscuro cuando tu papá y tu hermana llegaron. Tu hermana llegó relajada y feliz contándome sus aventuras de la tarde. Tu papá muy tranquilo preparó once, huevos revueltos, jugo, frutas y té de jengibre fueron el menú. Nuestra cita nocturna ya no podía ser un secreto, en la cocina le dije -“Hoy nacerá Rafael”-. Me miró, esperó que pasara una contracción y respondió mirándome a los ojos -“Lo sé”-.

Tomamos once los tres en la pieza que esperábamos que nacieras alumbrados solo con la lámpara de sal. Y mientras comíamos las contracciones se fueron haciendo más seguidas. Les seguía el movimiento en mi cuerpo, esperaba su explosión en el centro y seguía comiendo. No dolían, ni molestaban, sólo me invitaban al silencio. Sentía todo tranquilo, pacífico, la penumbra me invitaba al silencio, los relatos de tu hermana me hacían reír y tu papá me transmitía seguridad absoluta.

Me acomodé en el sillón entre cojines y la manta que tejí en esas últimas semanas. Todo era calorcito y oscuridad. Y seguí recibiendo cada cierto rato una contracción, escuchaba a tu hermana jugar en la otra pieza y tu papá estaba frente a mi mirando un documental en su computador. Todo era relajo en el departamento.

Tu hermana se quiso acostar, tu papá la preparó y la fui a acompañar a dormir. Sabía que era la última noche en que podría acompañarla así. Era una especie de despedida. Ella me dijo –“Quiero dormirme abrazaditas”-. Le pregunté si quería teta –“Un poco no más”- me contestó. Se durmió enseguida.

Me volví a acomodar en el sillón a recibir el vaivén de las contracciones que eran ricas, predecibles en su movimiento y muy rítmicas. Tu papá encendió la estufa y la sumó al calefactor. Y al rato me dijo –“Te voy a dejar tranquila y me acostaré al lado de la niña para que no despierte”-. Empecé a entrar en un espacio sin tiempo. El sillón dejó de ser cómodo para recibir las contracciones. Quería abrir las piernas después de cada explosión y así seguir el movimiento hacia abajo. Así que me apoyé en el mueble de la tele con mis manos. ¡Qué feliz estaba! ¡Qué poderosa y confiada me sentía! El vaivén de las contracciones era rico, era fácil de seguir y de llevar. Ellas venían y se iban dejándome cada vez más revitalizada.

A ratos se me venían imágenes del parto/nacimiento de tu hermana, que fue de 3 largos días hace casi 4 años atrás. Frente a cada recuerdo te decía en mi interior –“Tranquilo, aquí estamos seguros, aquí nadie nos dará instrucciones” “Sigue bajando tranquilo, aquí nadie meterá sus manos en mi cuerpo para tocar tu camino” “Eso, con confianza, aquí nadie nos hablará, ni prenderá la luz” “Aquí no hace frío, siempre estará calentito” “Sigamos disfrutando nadie nos intervendrá”- Te lo decía a ti, pero en realidad yo misma necesitaba escucharlo para sanar, liberar y sonreír de alegría por estar viviendo este proceso en la seguridad e intimidad de nuestro hogar.

Hubo un momento en que ya no podía pensar bien, intenté hablar en voz alta y no me salió la palabra. Esperé una contracción y con la energía que me dejó, me apoyé firme con mis manos en el mueble, respiré y dije – “Roberto”- pero sólo salió como un susurro. Me costaba hablar, la oxitocina amorosa estaba haciendo lo suyo ¡Placer! Respiré profundo, me concentré y dije –“Roberto… llama a la Maca”-. Me saqué la ropa, me puse camisa de dormir y me volví a meter en ese espacio sin tiempo, lleno de vaivenes, explosiones y sonrisas en la oscuridad.

No sé cuando tiempo pasó. No sé en qué momento llegó, ni menos la hora que era. Sólo de pronto la vi, en un momento en que dejé el apoyo del mueble para buscar agua. Ahí estaba la Maca, mi doula, ahí me la encontré en la oscuridad de la pieza mientras corría la estufa y cerraba la puerta. Seguí recibiendo las contracciones, aun no dolían. En algún momento te dije en mi interior –“Nos debe faltar un buen trecho, tu sigue empujando y yo me sigo abriendo para ti, sigamos”-. Recuerdo haberme apoyado en el sillón y al abrir las piernas, para seguir el vaivén que la contracción hacía para abajo, la Maca masajeó el final de mi columna. Me molestó el toque –“No. No me toques”- dije firme. Eso no me hacía sentir bien y lo había expresado con certeza ¡Poderosa!

Seguí apoyada en el sillón otro espacio sin tiempo. Se me empezaron a cansar las piernas. Me recosté hacia el lado, pero así no podía abrir las piernas como me gustaba en cada contracción. Me tiré en el suelo de lado, la alfombra era acogedora, y subí una pierna sobre el sillón, ahí quedaba abierta como me gustaba. Pero algo no estaba bien, sentía inquietud en el ambiente, movimientos, susurros, sonidos. La Maca entra a la pieza y me dice –“Roberto salió a comprar velas, vuelve en un ratito”-. Seguía sintiendo esa inquietud, las contracciones empezaron a ser poco agradables, no me gustaban, me cansaban. –“Maca, me están empezando a doler, me molestan”- le dije concentrada para que me salieran las palabras. Ella me contestó –“Es que nosotros nos aceleramos, ahora Roberto salió un rato, yo me relajaré y volverás a estar tranquila de nuevo”-. Vino otro par de contracciones molestas, Y de un momento a otro me encontré pensando en las mujeres de mi linaje y diciéndoles en mi interior –“Las necesito ahora, a todas, a las que parieron y a las que no”-. La siguiente contracción ya no fue incómoda, pero tampoco fue placentera. Me paré, tomé varios cojines e hice una torre en el suelo.

La torre de cojines quedó perfecta en altura, me puse en cuatro patas y apoyé mis brazos y mi cabeza sobre la torre. Las contracciones volvieron a tomar el vaivén rico y energizante. Sonreí de placer. Me dejé llevar por la tranqulidad.

Desperté de un sueño profundo, abrí los ojos en la oscuridad de la pieza, seguía apoyada en la torre de cojines y estaba toda babeada. ¡Dormí! Si, dormí tan profundo que me llegó a correr la saliva. El vaivén de cada contracción seguía ahí muy sutil, pero en el espacio entre una y otra, no podía cerrar mi vagina si lo intentaba. ¡Se estaba tan rico! ¡Con esa sensación de querer dormir después de hacer el amor!

La Maca me dice dos veces que tiene el agua lista y pregunta si quiero ir. A la segunda vez, y con mucho esfuerzo, recién le entendí a que se refería. Me ofrecía la tina. Caminé hacia el baño, me saqué la camisa de dormir y me metí al agua. El agua tibia ¡Un placer!. Comenzaron a venir las contracciones más seguidas. Mis sensaciones eran más intensas. Estaba sola en mi baño, en mi tina. Sin darme cuenta me encontré tocando mi clítoris ¡Si, me lo estaba pasando bien en esa intimidad! Sonreí, en mi interior agradecí ser mujer para vivir esta experiencia y te agradecí que me eligieras como tu madre. Recibí otra exquisita contracción, te hablé en voz alta –“Sigue bajando hijo, ven pronto”-. Me metí los dedos dentro de mi vagina y ahí estabas. Tocaba tu cabeza al fondo. ¡Esto era la gloria!

Sentí el agua fría. Me asusté por eso –“No me puedo enfriar”- pensé. Llamé a la Maca, llamé a tu papá. Pero no vinieron. En realidad ahora dudo que el llamado saliera de mi boca. –“No vienen, no me puedo enfriar”-. Esperé que pasara una contracción poderosa, me enderecé saqué el tapón de la tina, di el agua caliente y comencé a hacer el cambio del agua. –“Soy yo la que tiene que parir, solo nos necesitamos tú y yo”- te dije mi interior. ¡Poder absoluto! Y pasé el umbral de lo que podía quedar de miedo al parto. ¡Era el placer máximo vivido en mi vida!. Las contracciones comenzaron a venir una tras otra, no había dolor, no había molestia, pero no había descanso. Seguía silenciosa en esa poderosa seguidilla de explosiones en mi cuerpo.

Entró la Maca, dijo algo que no recuerdo y volvió a salir. Cuando volvió a entrar una fuerza indescriptible se había adueñado de mí, me hacía pujar como jamás podría hacerlo de manera intencional, una fuerza que me hacía pujar desde mi coronilla hasta mi vagina. Te sentía, tú estabas ahí, en la mitad de mi cuerpo, en tu canal, en tu camino. ¿Cuándo vendría el dolor? ¿Cuánto rato u horas faltarían para conocernos? El agua me quemaba, saqué medio cuerpo afuera, me apoyé en la Maca y le pregunté –“¿Cuánto falta Maca?”-. Ella me contestó –“Falta poquito”-.

Y la fuerza se adueñó de mi cuerpo, no era yo la que pujaba, era mi cuerpo que se mandaba solo y ejercía una energía inconmensurable. Atravesaste, te sentí pasar rápido. Sabía que tu cabeza estaba asomada. No alcancé a tocarte con mis manos. Otro pujo involuntario vino con fuerza. Moví mi pierna hacia un costado, medio cuerpo afuera afirmada en el brazo de la Maca ¡Y saliste! ¡Ahí estabas! Te tomé y me eché hacia atrás en la tina ¡Te tenía en mis brazos! ¡El éxtasis, la felicidad y el amor absoluto!

En absoluta oscuridad te sostenía, sentía tu tibieza. El mundo estaba detenido para mí. Entró tu papá, me besó, te tocó la espalda. –“Lo hice mi amor, lo hice, parí a nuestro hijo… lo disfruté, nunca hubo dolor”- le dije extasiada, jamás he estado más en mi que en ese instante. Prendieron una vela y te vimos en la penumbra… bello, perfecto, lleno de amor.

Quise salir de la tina para que no te enfriaras, me puse de pie y salí contigo aferrado a mi cuerpo. –“Afírmenme por si me desmayo, aunque no creo”- les dije. Estaba tan consciente, tan plena, tan atenta a ti.

Cuando llegamos al nidito que armaron junto al calefactor en el suelo de la pieza, la placenta se escurrió de mi cuerpo entre mis piernas, sin preámbulos, no sentí contracción, ni molestia, solo cayó y dije –“Salió la placenta”-. Me acosté sin soltarte, nos acomodamos y nos arroparon. ¡Qué instante divino!. Tú papá se puso junto a nosotros y nos miramos por un tiempo que fueron nuestra eternidad.

Entró nuestro gineco-obstetra. Me pregunto –“¿Cómo estás?”-. Le contesté –“Estoy bien, estamos bien. Me siento tan bien”-. ¡Jamás en la vida me he sentido más saludable que en ese momento hijo mío!.

La Maca y el gineco-obstetra salieron y nos dejaron a los tres solos. Te miramos, te sentimos, nos besamos, iniciamos lactancia, hiciste caca. Nos disfrutamos en la calma y en la confianza que sólo te da estar en tu hogar. Transmitías quietud, resolución, certeza y paz.

Al rato después, cuando ya dormías después de haber mamado, volvieron a entrar la Maca y el gineco-obstetra. Él me dijo –“Te quiero mirar”-. Miró mi vulva alumbrando solo con una linterna. Mi periné estaba intacto. Luego, preguntó “¿Quién va a cortar el cordón?”, antes con tu papá ya habíamos decidido que lo cortaríamos. Desinfectó unas tijeras, se las pasó a tu papá, alumbró con la linterna y tu papá cortó el cordón. Guardaríamos nuestra placenta.

Luego, espontáneamente nos pusimos a conversar sobre lo vivido. Surgió lo que llamo “la sobremesa del parto”. Yo era un torbellino de energía, así que tenía mucho que contar sobre tu nacimiento silencioso, sin dolor y con reflejo de eyección. Y todos envueltos en esa atmósfera de amor, energía, penumbra, asombro y gratitud siguieron mis deseos de hablar, de reír, de regalonear, de recibirte. Tú dormías plácido, en calma y tibio.

Estábamos conversando cuando despertó tu hermana. Tu papá la fue a ver al dormitorio y le contó que habías nacido. Ella llegó en pura polera, esa noche había decidido dormir sin calzón… seguro sentía la fuerza del nacimiento y era su forma de vivir esa noche especial. Entró a la pieza con sus ojitos más grandes y abiertos que nunca, se acercó, te miró y te dijo –“Voy a buscar algo especial que te preparé”-. Volvió con un canastito en el que había reunido sonajeros y cascabeles –“Esto es para ti”- te dijo con sus ojitos brillantes. Se acostó junto a nosotros a mirarte y tocarte. ¡Que dicha verla como te miraba! ¡Todo fluía!

Alrededor de las 6.30 de la mañana, habías nacido a las 3.43, el gineco-obstetra se fue sonriendo, respetuoso, su mirada decía mucho más de lo que expresaban sus palabras, sabía que había realizado una labor de guardaespaldas maravillosa, pero no terminaba de convencerse de la importancia vital de aquello. Nos pasamos a nuestra cama. Al rato se fue la Maca también, amorosa, diligente, sabia y sonriente se retiró con su mirada dispuesta. ¡Iba feliz!

Era un 25 de agosto y ahí estábamos los cuatro acostados en nuestra cama, en nuestro nido. Imposible dormir después de tanto, estábamos en la cima de la ola de oxitocina. Ya estabas en mis brazos después de nacer gracias al amor y a la seguridad entregada por nuestros guardianes. ¡Divino y poderoso amor que transformó mi cuerpo y te hizo nacer! Era verdad, sólo hacía falta amor para parirte con placer ¡Amor y sólo amor!

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